lunes, 12 de octubre de 2009
viernes, 18 de septiembre de 2009
Colores y Valores patrios en setiembre...
Indiscutiblemente, la celebración del día del niño en Costa Rica el 09 de setiembre es un momento propicio para meditar sobre el papel que deben jugar los infantes en nuestro diario vivir y por supuesto, sobre la gran responsabilidad que tenemos todos aquellos que hemos sido premiados por Dios con el don de la paternidad.
En este mismo espacio hace unos días, comentaba sobre las dificultades que enfrentan las familias pobres en la construcción de más prosperidad, que les faculte de más y mejores oportunidades para vivir una vida en dignidad plena. Hablaba sobre lo trascendente que resulta en esta búsqueda, la educación integral y el apoyo de todos los sectores de la sociedad.
En los últimos días, tras la euforia por los partidos de la selección nacional de fútbol, observé tanta movilización de los colores patrios, que ingenuamente pensé que la motivación de tantas banderas y camisas, era la celebración de nuestro 188 aniversario de vida republicana. Sin embargo, me di cuenta de la cruel realidad después del partido contra México, pues bajó la intensidad del rojo patrio y la apatía volvió a reinar en las calles, casas y vehículos.
Con mucho dolor y con la excepción casi única que constituye el programa Panorama de todos los días, puede uno ver cuánta indiferencia e irrespeto ante el canto del Himno Nacional, cuanta indiferencia ante esa letra maravillosa que tiene el Himno Patriótico al 15 de setiembre o cuan poco se promueve ya la Patriótica Costarricense. Es lamentable que en casi todos los lugares y dolorosamente hasta en muchos de nuestros educadores, el valor de los símbolos patrios exista solo en un partido de fútbol.
Mientras descargaba mi frustración con mis estudiantes en la Universidad, por la poca algarabía con que se celebran ahora en el país las fiestas patrias y por la excesiva cobertura al tema de la Selección y sus patéticas presentaciones más recientes, mi pequeño hijo Alejandro, con sus escasos 5 años, me reclamaba por qué nosotros aun no habíamos adornado nuestra casa con las banderitas, los escudos, las guirnaldas y demás signos externos tricolores con las que solemos decorar para esta época. ¿Estás triste por qué perdió la Selección me dijo?
Esas palabras de mi pequeño, me hicieron reaccionar de forma inmediata. Primero porque me emocionó ver que una personita tan pequeña ya vivía las fiestas patrias y extrañaba la euforia independentista que nos envuelve por estos tiempos en la casa; y segundo, porque habiendo en el país cosas tan importantes por las que nos debemos preocupar, no podía ser posible que un tema tan trivial y superfluo estuviera usurpando el espacio que solo era de la patria.
Creo que este año he logrado una nueva independencia. En nuestra casa, hemos hecho un propósito para que los temas que son realmente importantes sean los que dominen la agenda familiar, hemos hecho de la celebración de las fiestas patrias un momento para fortalecer la unidad, entendimos lo mucho que se cosecha en un hijo si se siembran valores cívicos, de respeto y de verdadera identidad nacional. Hemos encontrado este año un motivo realmente poderoso por el cual continuar con un esfuerzo genuino de educar con entusiasmo a los pequeños ciudadanos.
De cara al proceso democrático que constituyen las elecciones que en pocos meses celebraremos, pido a Dios que la apatía política que me invade en este momento, pronto se convierta en pasión electoral y que sean las ideas de fondo y no ocurrencias como la de suprimir el nombre de Dios de la constitución, los temas que produzcan esa pasión electoral que no veo y que es necesaria, porque forma parte de los mismos valores que en este setiembre, hemos visto trasgredir a muchos.
En este mismo espacio hace unos días, comentaba sobre las dificultades que enfrentan las familias pobres en la construcción de más prosperidad, que les faculte de más y mejores oportunidades para vivir una vida en dignidad plena. Hablaba sobre lo trascendente que resulta en esta búsqueda, la educación integral y el apoyo de todos los sectores de la sociedad.
En los últimos días, tras la euforia por los partidos de la selección nacional de fútbol, observé tanta movilización de los colores patrios, que ingenuamente pensé que la motivación de tantas banderas y camisas, era la celebración de nuestro 188 aniversario de vida republicana. Sin embargo, me di cuenta de la cruel realidad después del partido contra México, pues bajó la intensidad del rojo patrio y la apatía volvió a reinar en las calles, casas y vehículos.
Con mucho dolor y con la excepción casi única que constituye el programa Panorama de todos los días, puede uno ver cuánta indiferencia e irrespeto ante el canto del Himno Nacional, cuanta indiferencia ante esa letra maravillosa que tiene el Himno Patriótico al 15 de setiembre o cuan poco se promueve ya la Patriótica Costarricense. Es lamentable que en casi todos los lugares y dolorosamente hasta en muchos de nuestros educadores, el valor de los símbolos patrios exista solo en un partido de fútbol.
Mientras descargaba mi frustración con mis estudiantes en la Universidad, por la poca algarabía con que se celebran ahora en el país las fiestas patrias y por la excesiva cobertura al tema de la Selección y sus patéticas presentaciones más recientes, mi pequeño hijo Alejandro, con sus escasos 5 años, me reclamaba por qué nosotros aun no habíamos adornado nuestra casa con las banderitas, los escudos, las guirnaldas y demás signos externos tricolores con las que solemos decorar para esta época. ¿Estás triste por qué perdió la Selección me dijo?
Esas palabras de mi pequeño, me hicieron reaccionar de forma inmediata. Primero porque me emocionó ver que una personita tan pequeña ya vivía las fiestas patrias y extrañaba la euforia independentista que nos envuelve por estos tiempos en la casa; y segundo, porque habiendo en el país cosas tan importantes por las que nos debemos preocupar, no podía ser posible que un tema tan trivial y superfluo estuviera usurpando el espacio que solo era de la patria.
Creo que este año he logrado una nueva independencia. En nuestra casa, hemos hecho un propósito para que los temas que son realmente importantes sean los que dominen la agenda familiar, hemos hecho de la celebración de las fiestas patrias un momento para fortalecer la unidad, entendimos lo mucho que se cosecha en un hijo si se siembran valores cívicos, de respeto y de verdadera identidad nacional. Hemos encontrado este año un motivo realmente poderoso por el cual continuar con un esfuerzo genuino de educar con entusiasmo a los pequeños ciudadanos.
De cara al proceso democrático que constituyen las elecciones que en pocos meses celebraremos, pido a Dios que la apatía política que me invade en este momento, pronto se convierta en pasión electoral y que sean las ideas de fondo y no ocurrencias como la de suprimir el nombre de Dios de la constitución, los temas que produzcan esa pasión electoral que no veo y que es necesaria, porque forma parte de los mismos valores que en este setiembre, hemos visto trasgredir a muchos.
¿Por qué las familias pobres tienen tantos hijos?

He de reconocer que semejante pregunta en un niño de 9 años como mi hijo Esteban, nos dejó a mi esposa y a mí, mucho más que perplejos. Además, nos obligó a pensar una respuesta, cuya construcción no era nada fácil, pues era previsible una contra pregunta todavía más complicada.
Empecé aclarándole, que la gente pobre no decide serlo y que más que una decisión, la pobreza era en muchos casos, una consecuencia de decisiones pasadas mal tomadas, otras veces producto de la negligencia de los gobernantes y en otras, era resultado de la falta de educación. Procurando aprovechar al máximo la conversación para acrecentar su amor por el estudio, intenté explicarle que la falta de educación mina muchas veces la sana ambición de las personas y que su carencia limita también las posibilidades de la gente a la información y que con esas dos variables, la decisión de tener hijos de forma responsable se hace muy difícil.
Con tales argumentos, sucedió lo que me temía. De forma inmediata, mi hijo planteó su otra interrogante, tan difícil en la respuesta como la primera. Con sus ojos muy abiertos y su carita consternada, me preguntó sobre qué cosa tenía que ver la educación con la existencia de la gente pobre, pues como él asiste a una escuela pública, me dijo que a ellos les enseñaron en la escuela que la educación en Costa Rica era gratuita y obligatoria y que por lo tanto, que yo le dijera que la pobreza es por falta de educación no podía ser cierto.
Como podrán darse cuenta, la plática con mi hijo se tornó además de difícil, sumamente interesante, pues fue la ocasión propicia para esbozarle cuán importante era ser agradecidos con Dios por lo mucho que recibíamos, cuán privilegiado era él de tener condiciones de vida muy distintas a las que tenían incluso algunos de sus compañeritos, hijos de mujeres solas unos, de madres agredidas otros y de padres alcohólicos otros.
Acto seguido, le explicaba que si bien en Costa Rica, se destinaban muchos millones de colones a la atención de la educación pública y que existe un plan de becas muy bueno, que busca que los niños y jóvenes no abandonen las aulas, la realidad es que mucha gente no tiene ni siquiera para comer y debe entonces, recurrir a la dolorosa decisión del abandono de los estudios para lograr sobrevivir.
No podía obviar en esta importante conversación, explicar que la familia es la base de la sociedad, que la posibilidad de que los miembros de una familia se eduquen es la única posibilidad real de que la pobreza empiece a alejarse de las puertas de esas familias y que si no hay bienestar en ellas, sería imposible que la sociedad mejore y se desarrolle.
Mientras trataba yo de mantener el interés de mi hijo en tan trascendente conversación, recordaba yo que una de las razones que ha permitido marcar la diferencia en Costa Rica con respecto a otros países, ha sido el haber prescindido del ejército hace 60 años, pues muchos de los recursos que se hubieran invertido en mantener un ejército, se han destinado a la educación y a la salud pública.
Por increíble que parezca; en el siglo 21, en la era de la información y del desarrollo tecnológico, el mundo rico dedica 100 mil millones de dólares para aliviar la pobreza del 80% de la población del mundo, mientras que multiplica por 13 esa cifra para gastar en armas y soldados. Es claro, como ha dicho el Presidente Arias, que el sistema de valores en el inicio de este siglo no ha cambiado mucho del que nos rigió en el anterior.
En la medida en que los niños y jóvenes culminen sus procesos educativos, en esa misma medida, se irán abriendo más y mejores oportunidades de empleo. Con estos, los niveles salariales serán mejores y la calidad de vida de ellos y sus familias también mejorará. Si a esas condiciones de vida, se le adereza con un sólida formación en valores éticos y si con esos mejores ingresos, se incentiva el ahorro interno y se promueve la creación de riqueza por la vía de la acumulación; cada vez más, las familias irán dando el salto que les permitirá salir de esa pobreza y con ello, serán capaces de trazarse un futuro distinto a su gris presente.
Aunque es posible que mis argumentos hayan sido causa de más interrogantes en este pequeño de apenas 9 años, es posible también que sus ideas respecto de la gente pobre hayan cambiado. Es posible, que su visión de los quehaceres estudiantiles tomen otro matiz en su temprano futuro; es seguro además, que sus convicciones sobre las causas de la pobreza, sobre la falta de educación y sobre la responsabilidad que significa tener hijos, está hoy bajo un panorama mucho más claro y que las condiciones de pobreza de muchos, serán algún día superadas a base de educación e información bien administrada.
Empecé aclarándole, que la gente pobre no decide serlo y que más que una decisión, la pobreza era en muchos casos, una consecuencia de decisiones pasadas mal tomadas, otras veces producto de la negligencia de los gobernantes y en otras, era resultado de la falta de educación. Procurando aprovechar al máximo la conversación para acrecentar su amor por el estudio, intenté explicarle que la falta de educación mina muchas veces la sana ambición de las personas y que su carencia limita también las posibilidades de la gente a la información y que con esas dos variables, la decisión de tener hijos de forma responsable se hace muy difícil.
Con tales argumentos, sucedió lo que me temía. De forma inmediata, mi hijo planteó su otra interrogante, tan difícil en la respuesta como la primera. Con sus ojos muy abiertos y su carita consternada, me preguntó sobre qué cosa tenía que ver la educación con la existencia de la gente pobre, pues como él asiste a una escuela pública, me dijo que a ellos les enseñaron en la escuela que la educación en Costa Rica era gratuita y obligatoria y que por lo tanto, que yo le dijera que la pobreza es por falta de educación no podía ser cierto.
Como podrán darse cuenta, la plática con mi hijo se tornó además de difícil, sumamente interesante, pues fue la ocasión propicia para esbozarle cuán importante era ser agradecidos con Dios por lo mucho que recibíamos, cuán privilegiado era él de tener condiciones de vida muy distintas a las que tenían incluso algunos de sus compañeritos, hijos de mujeres solas unos, de madres agredidas otros y de padres alcohólicos otros.
Acto seguido, le explicaba que si bien en Costa Rica, se destinaban muchos millones de colones a la atención de la educación pública y que existe un plan de becas muy bueno, que busca que los niños y jóvenes no abandonen las aulas, la realidad es que mucha gente no tiene ni siquiera para comer y debe entonces, recurrir a la dolorosa decisión del abandono de los estudios para lograr sobrevivir.
No podía obviar en esta importante conversación, explicar que la familia es la base de la sociedad, que la posibilidad de que los miembros de una familia se eduquen es la única posibilidad real de que la pobreza empiece a alejarse de las puertas de esas familias y que si no hay bienestar en ellas, sería imposible que la sociedad mejore y se desarrolle.
Mientras trataba yo de mantener el interés de mi hijo en tan trascendente conversación, recordaba yo que una de las razones que ha permitido marcar la diferencia en Costa Rica con respecto a otros países, ha sido el haber prescindido del ejército hace 60 años, pues muchos de los recursos que se hubieran invertido en mantener un ejército, se han destinado a la educación y a la salud pública.
Por increíble que parezca; en el siglo 21, en la era de la información y del desarrollo tecnológico, el mundo rico dedica 100 mil millones de dólares para aliviar la pobreza del 80% de la población del mundo, mientras que multiplica por 13 esa cifra para gastar en armas y soldados. Es claro, como ha dicho el Presidente Arias, que el sistema de valores en el inicio de este siglo no ha cambiado mucho del que nos rigió en el anterior.
En la medida en que los niños y jóvenes culminen sus procesos educativos, en esa misma medida, se irán abriendo más y mejores oportunidades de empleo. Con estos, los niveles salariales serán mejores y la calidad de vida de ellos y sus familias también mejorará. Si a esas condiciones de vida, se le adereza con un sólida formación en valores éticos y si con esos mejores ingresos, se incentiva el ahorro interno y se promueve la creación de riqueza por la vía de la acumulación; cada vez más, las familias irán dando el salto que les permitirá salir de esa pobreza y con ello, serán capaces de trazarse un futuro distinto a su gris presente.
Aunque es posible que mis argumentos hayan sido causa de más interrogantes en este pequeño de apenas 9 años, es posible también que sus ideas respecto de la gente pobre hayan cambiado. Es posible, que su visión de los quehaceres estudiantiles tomen otro matiz en su temprano futuro; es seguro además, que sus convicciones sobre las causas de la pobreza, sobre la falta de educación y sobre la responsabilidad que significa tener hijos, está hoy bajo un panorama mucho más claro y que las condiciones de pobreza de muchos, serán algún día superadas a base de educación e información bien administrada.
domingo, 9 de agosto de 2009
La Sociedad de la Lógica Inversa

Inicio este comentario, haciendo la aclaración de que, desde el punto de vista científico la lógica inversa es algo que no existe. Sin embargo, al juzgar por el acontecer de mi país y por la cobertura que algunos medios le dan, me atrevo en esta tribuna a hablar sobre este nuevo concepto, que ha tomado un auge impresionante en tiquicia pero que tampoco es ajeno a otras latitudes.
El diccionario de la real academia española, señala que la palabra lógica tiene su origen en el griego y que se deriva del término LOGOS, que significa razón. Que esta ciencia fue desarrollada por Aristóteles, quien definió sus principios y que estudia los métodos y condiciones para el razonamiento exacto y llegar a conclusiones verdaderas.
Dicen los estudiosos, que en la lógica hay dos ramas. Una formal, en la que se desarrollan los métodos y elementos del razonamiento y las formas de razonar y otra llamada la lógica aplicada, que constituye la aplicación de la lógica formal a las distintas ciencias.
A partir de estos conceptos, bien podríamos concluir entonces, que la lógica inversa vendría a ser algo así como: “la falta de razón”. Podríamos señalar que es la incapacidad de razonar o lo que es peor, la pereza de hacerlo.
Con el pasar de los años, pero de forma mucho más evidente en los últimos meses, observamos en algunos medios de comunicación que la razón ha sido desplazada por el morbo, que las entrevistas y los debates de los problemas nacionales han sido sustituidos por la chabacanería y la mediocridad futbolera o por la estupidez farandulera, revestida de silicones por doquier. El diagnóstico duele hasta las entrañas: “La demanda de lo absurdo, lo trivial y lo liviano ha superado la oferta de lo inteligente, lo trascendental y lo profundo”.
La exaltación de lo superfluo, ha venido a sustituir el análisis de los problemas nacionales; lo vano e intrascendente ha copado la mente de nuestros creativos y en mucha gente hay un sentimiento de necrosis social irreversible.
¿Qué nos ha pasado a los costarricenses, que aceptamos que cinco de cada 10 titulares exalten en abundancia de detalles todo lo relacionado con asaltos, ajusticiamientos y accidentes? ¿Qué ha pasado en este país para que los allanamientos judiciales se hayan convertido en material matutino de noticieros vacíos de inteligencia y constructivismo? Es esta la mejor programación para que nuestros hijos acompañen su desayuno y se dirijan luego a nutrir su mente a la escuela?
Merecemos los costarricenses adultos y nuestros jóvenes que dediquen casi 10 minutos a la cobertura en vivo de la visita -en una playa del país- de una cantante conocida por sus frecuentes sobredosis, sus borracheras, el abandono de sus hijos y la amistad con una adinerada modelo hija de un magnate hotelero, tan delincuente como ella?
Será acaso que nuestro sistema educativo anda tan mal como para no haber logrado en la gente una preocupación genuina por una Costa Rica con mucho más señorío? Qué podemos esperar las generaciones de adultos de hoy, con esta siembra que estamos haciendo en nuestros niños y jóvenes? Será esta cultura de vagabundería, permisividad, guaro y alcahuetería que estamos estimulando, la que nos llevará al desarrollo?
Hoy es un buen día para preguntarnos hacia dónde estamos encaminando este país. Es un buen momento para cuestionarnos por cuáles caminos queremos que transite esta nación en los próximos 20 o 30 años. Es tiempo ya, animémonos a reconstruir la familia a punta de valores, a la sociedad a punta de familias emocionalmente sanas y al país a punta de trabajo duro; usando las aulas como trinchera y la razón como arma.
Hagámoslo ya, hoy es el día en que lógica inversa debe terminarse y de lugar al uso de la razón.
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